Otro sueño inquietante que me aconteció fue el de hace unas semanas. No lo escribí porque me sentía mal. Ya no recuerdo mucho, pero una escena me presentaba un barco blanco, como una especie de yate. Adentro de uno de los camarotes estaba encerrado un antiguo aventurero, cazador de tesoros o recompensas. Lo habían capturado porque lo necesitaban para una investigación. Yo estaba con él. En una escena paralela la esposa de este hombre se encontraba lejos del barco, en su casa, hablando por teléfono con el secuestrador. La conversación era extraña. No me quedaba claro si ella le suplicaba al hombre malo que liberara a su esposo o era ella la que le había pedido que lo secuestrara para refrenar su impulso aventurero, porque ella temía que se embarcara en un viaje suicida. La aventura debía ser muy peligrosa. Al hombre le traían un teléfono y hablaba con su mujer. El hombre estaba enojado por el trato indigno que le daban los secuestradores. Ella le rogaba que fuera paciente, que pronto todo se iba a solucionar. Yo alcancé a comprender, además, que los secuestradores eran o habían sido viejos compañeros del hombre. El cautiverio se acababa pronto, porque, inesperadamente, alguien colocaba unos explosivos en la compuerta sellada de nuestra habitación. La tripulación se desconcertaba por el estallido, mientras nosotros aprovechábamos para escapar en medio de la confusión. Corríamos por la cubierta y cuando nos interceptaron, nos fuimos hasta la barandilla de la proa. Milagrosamente ninguna bala nos alcanzó. Saltamos al mar. Abajo nos esperaban los botes de rescate. Navegamos hasta el archipiélago. Allí veía las construcciones antiguas de una civilización perdida que asomaban entre los bosques de las islas. Atracamos en una isla cuya playa conducía hasta un puente. Cuando me acerqué para cruzarlo, desperté dentro del sueño a otro sueño. Esta vez estaba acostado en mi cama y me daba una parálisis del sueño. En mis alucinaciones hipnopómpicas aparecían criaturas sobrenaturales como el peluche del pez azul o el cocodrilo Cirilo, juguetes de mi infancia que cobraron vida. Mi gata apareció por encima de la cama, se daba vueltas por entre las almohadas y de pronto se fue vomitando. Yo intentaba llamar a mi hermana que estaba en mi casa durmiendo. Tenía la sensación de que mi departamento sufría transformaciones espaciales. Gritaba pero nadie venía. Entonces solo me quedé contemplando el pasado a través de las cosas que iban apareciendo en mis recuerdos y finalmente desperté.
domingo, 5 de octubre de 2025
domingo, 20 de julio de 2025
20 de julio de 2025
Tuve un sueño en el que yo caminaba por las calles de una ciudad desconocida que dentro del sueño me parecía vagamente familiar. Entraba a un recinto que parecía un colegio o una facultad universitaria. Había muchos estudiantes. Discurseaban. Se sentía un ambiente extraño afuera. Como si todo el perímetro estuviese siendo vigilado por las fuerzas del orden. La gente parecía nerviosa, como si la tensión se respirara en el aire. Salí del edificio y me acompañaron dos personas cuyos rostros no puedo recordar. De pronto comenzó a temblar. Todas las cosas se tambaleaban. Yo intentaba protegerme de los objetos que se caían en las calles. Me subí sobre un bloque de cemento, y salté una reja verde. Trataba de guarecerme de los pedazos de edificios que caían en los bordes de la vereda y los postes que se venían abajo arrastrando consigo los cables de electricidad. Los autos que pasaban se remecían contra el pavimento. Mis piernas se paralizaron por un momento y mi cuerpo se movía hacia un lado y otro como un barco en medio de una tormenta. Podía escuchar los ruidos alborotados de la gente que corría desesperada. Al final, no me pasó nada. Después de unos minutos, el movimiento cesó y me encontré a salvo. Entonces, como si fuera guiado por una brújula invisible, recorrí las calles de regreso hasta el colegio o facultad. Se sentía el miedo de la multitud, los rostros estupefactos delataban el horror de los transeúntes. Yo logré atravesar esa ciudad desquiciada como si siempre hubiera conocido el camino. Corté por algunos callejones y conseguí llegar hasta el edificio. Esto era extraño, porque en la realidad yo tengo casi nulo sentido de la orientación espacial. Sin embargo, en el sueño, me movía con naturalidad y fluidez por una ciudad que, repito, yo nunca había visitado. Parecía una mezcla de varias ciudades conocidas, como si estuviera hecha de fragmentos de mi memoria. Quizá por eso pude recorrerla sin perderme. Cuando llegué hasta el edificio amarillo, entré por una puerta pequeña. Adentro se observaban escombros. Los estudiantes se habían quedado dentro y discutían sobre la situación. Me inquietó que parecía importarles más el rumor de un inminente golpe de estado que el terremoto reciente. Yo no alcanzaba a entender si el golpe de estado venía de los enemigos o los estudiantes lo estaban preparando. Decidí quedarme dentro, el sol comenzaba a ocultarse y las paredes amarillas se iban oscureciendo hasta que su color se volvía indistinguible. Creo que luego encendieron una fogata en el interior y cantaron canciones de protesta. A pesar de que yo no entendía mucho lo que ocurría, me reconfortaba el ambiente de compañerismo. Decidí quedarme, porque a pesar de que todo era incierto y confuso, sabía que pronto comenzarían a avanzar los tanques por las calles y ocuparían la plaza. Desperté antes de saber si sobreviviría.
viernes, 9 de mayo de 2025
9 de mayo de 2025
Mi cabeza no para de dar vueltas. No he podido escribir porque estoy cansado y no puedo ordenar mis ideas. Escribo esto solo para deshacerme de estas sensaciones de estar entrampado, de no poder avanzar. No sé si lo que tengo es burnout o depresión, pero he ido perdiendo la pasión por cosas que antes me entusiasmaban. Siento un agotamiento inexplicable. También me siento terriblemente solo, aunque estoy rodeado de gente. Hay gestos, palabras de personas, indiferencias que me lastiman dolorosamente. Hay momentos en que, estando en mi casa, solo quisiera un abrazo de alguien que me ame. No sé abrazarme a mí mismo, demostrarme que me quiero. Hay pequeños momentos que me alegran, que me hacen sentirme querido por unos instantes. Las risas de mis alumnos, sus chistes, a veces son chispas que quisieran prender una llama. Pero sigo mi día a día y siento que camino por un sendero helado. Mi buen humor es solo una máscara que oculta la verdadera tristeza. Es un manto oscuro que envuelve mi corazón. Sueño que me voy suicidando de a poco. A veces no sé cómo es que me puedo levantar para cumplir con mi deber. Vivo por obligación, no me rindo por la responsabilidad de no decepcionar a nadie. A veces creo que de verdad hay gente que me ama, pero no alcanzan a ver la superficie de mi pena, de ese peso que arrastro en silencio. Ayúdenme.
jueves, 3 de abril de 2025
3 de abril
Nuevamente estoy aquí. Sentí una necesidad, un impulso de escribir, pero no sé de qué. Solo pensé: a través de la escritura puedo explicarme el mundo y la vida. Pero creo que ni el mundo ni la vida pueden explicarse. La vida, porque es un misterio y una maravilla. El mundo, porque no es uno solo. Quiero decir que sé que hay varios mundos. En cierta medida estamos atados a vivir en el mundo cotidiano, pero yo sé que hay más mundos. Mundos que se abren cuando tomamos la determinación de movernos un poco más allá de nuestros límites. En el fondo, me he confinado en cierta forma de existencia rutinaria y eso era lo que me estaba sofocando. Ahora me he atrevido a tomar pequeños desvíos, a respirar otros aires. Uno descubre mundos en otras personas, en otros lugares. Incluso, la realidad se transforma radicalmente cuando nos sumergimos en otros lenguajes, otras formas de interactuar. Podemos habitar en distintos mundos cuando prescindimos de los prejuicios. Yo sentí que el simple gesto de viajar implicaba remover un poco las propias entrañas. La respiración es el puente entre el mundo exterior y nuestra mente. Cuando se toma conciencia de eso, se percibe que todo es multiplicidad, expansión, cambio. Los mundos que nos rodean están permanentemente ejecutando su danza transformadora. Nada es siempre lo mismo. Respirar es absorber un torbellino de imágenes y formas, sensaciones y colores, un tumulto de energía y vibraciones que conforman esa trama inconmensurable que conocemos como el universo. Entonces siento que puedo abrazar el absoluto con todas las partículas que me componen, y fundirme en ese éxtasis paradisiaco, difuminando los límites de la conciencia y el cuerpo, el trazo imaginario que separa lo uno de lo indiferenciado. Estoy yendo demasiado lejos. Solo estaba divagando.
El sueño que tuve el otro día reflejaba la necesidad de buscar nuevas conexiones. Quizá hay en alguna parte nuevos amigos y amigas que me comprendan, que estén dispuestos a escucharme, como yo escucho a los demás. A mí no me importa estar disponible para quienes lo necesitan. Siempre tengo esa voluntad. También me cuestionaba si era así por una necesidad de validación. Hoy entendí que no. Que soy así porque es parte de mi naturaleza sensible y que no hay nada de malo en ser así. La cicatriz de mi rostro simbolizaba la vergüenza quizás, pero también pensé que era la marca visible de una herida emocional. Algo que simplemente se trasluce en mi cara. Una metáfora de la pena que se oculta infructuosamente. La única manera de reparar el daño era a través del contacto con otros. Me estoy quedando dormido. Otro día continuaré.
miércoles, 2 de abril de 2025
2 de abril de 2025
Vuelvo a escribir después de un mes entero. Me falta desarrollar la historia de Diana y los otros. Tenía la trama, o las tramas, pero me falta conectarlas, porque entre esas historias imaginarias se interponen mis historias. Por tiempo y porque otros pensamientos y preocupaciones han ocupado mi mente no he podido enfocarme. Pero debo hacerme el hábito. Debo continuar. He estado triste, pero una parte de mí no puede estar triste. La vida sigue cada día, es como una fuerza que nos arrastra, nos aleja de nosotros mismos. Es preciso vivir para los otros, es preciso olvidarse de uno. Entre todo ese tumulto de obligaciones, no encuentro ningún refugio, ningún espacio seguro para descansar, para reponer mis energías. Encima debo lidiar con el desprecio, con el rechazo, con la ingratitud de quienes tenía en alta estima. Para no ser un estorbo, me he hecho a un lado. Y ahí estoy, soportando estoicamente la exclusión, en un mundo donde todos debemos convertirnos en unos hipócritas hijos de puta, para hacer como si nada pasara, fingiendo que todo está bien. La espina más dolorosa es la traición, la revelación de que nunca fuimos importantes en ningún sentido. En mis ejercicios de autoconocerme aprendí que nunca me estoy dejando fluir completamente, siempre hay un nudo en mí que me está reteniendo. Incluso cuando llegan malas noticias, cuando las cosas se ponen oscuras, mi cuerpo tarda en procesarlo todo. Es como si una muralla se interpusiera entre mí y mí. Primero, la emoción es encapsulada en la mente como una píldora de acción prolongada, luego se libera pero con una velocidad lenta por varios días. Lo que me afectó hoy debió hacerlo hace semanas. En realidad siempre estoy frenando las lágrimas. No sé por qué voy como deteniendo con tanta resistencia la tormenta que tarde o temprano va a llegar. Cada vez que me pregunten cómo estoy debería responder que con suerte lo voy comprendiendo, pero que al menos ya puedo entrever el enorme peso de la pena. Soy la persona más fuerte del mundo. Qué inútil, en todo caso, pretender hacerse fuerte a través del dolor. Siempre habrá un dolor real más terrible que pueda golpearnos. ¿Por qué no puedo ser simplemente feliz? Llegar a casa y dormir tranquilo, soñar los sueños de una persona normal, despertar maravillado por el misterio de otro mundo posible. "Como si la vida no pusiera suficientes obstáculos en nuestro camino, a veces parece que tropezamos con nosotros mismos". Esa es una frase de Remando al viento. En fin, quería escribir sobre el sueño del otro día. Sé más o menos lo que significa: es preciso el cambio, pero me está costando aceptarlo, aunque las señales son clarísimas.
En el sueño me encontraba en la consulta de una dermatóloga. Le consultaba por una espinilla gigante que se me había reventado en la cara y me había dejado una marca. Ella revisaba sus fichas que extraía de un cajón. Le preguntaba si me podía cocer la cara y dejarme sin cicatrices. Ella me decía que no lo sabía. También le preguntaba por una mancha, una pigmentación en la piel de mi muñeca izquierda, pero esa pregunta la ignoraba. Luego me pedía que la siguiera. Salíamos de la consulta a un jardín. Estaba de noche. Me llevaba hasta otro edificio donde habían unas oficinas. Allí estaba oscuro. Se habría una puerta y salía un hombre, que intercambiaba con ella unas palabras y luego desaparecía de mi vista. Estaba muy oscuro ahí dentro y yo buscaba el interruptor, pero al pulsarlo no pasaba nada. No me atrevía a entrar porque presentía que esa mujer quería abusar de mí. Entonces me quedaba en el umbral de la puerta. Pero de repente se iluminaba el espacio y aparecía una chica que era mi terapeuta. Me saludaba, abrazaba a la dermatóloga y entonces mis temores se esfumaban. Mi terapeuta tenía el cabello negro y con rulos, la cara blanca con algunas pecas. Me decía que por desgracia se estaban terminando los reemplazos en el centro médico y que empezarían a volver los funcionarios de planta, por lo que ella ya no podría atenderme, pero me sugería que podíamos seguir viéndonos por fuera. En ese momento llegaban varias mujeres más y me rodeaban, una de ellas, de cabello anaranjado y muy linda, saludaba a mi terapeuta. Eran colegas. Parece que le preguntaba si me podía traspasar como paciente. Las demás chicas eran terapeutas algunas y otras pacientes. No conocía a ninguna, pero en el sueño era como si las conociera desde siempre, como si fueran mis amigas. La de cabello anaranjado me decía, no nos veremos en algún tiempo pero escríbeme, estemos en contacto. Otra niña me decía tenemos que juntarnos, te voy a invitar a mi cumpleaños. Yo decía que sí. Ella no me escuchaba y me preguntaba si le había dicho que sí o que no. Yo repetía: sí. Y luego me empezaba a desvanecer, y me iba cayendo suavemente en el pasto. Todas ellas me rodeaban y parecían querer ayudarme. Antes de desmayarme por completo, desperté.
Ahora voy a dormir.
lunes, 3 de marzo de 2025
2 de marzo de 2025
No había escrito en varios días, aunque me propuse hacerlo con más regularidad. Creo que se vienen tiempos complejos. Espero que tiempos de cambio, de transformación. Las historias que he estado soñando están latentes. El otro día soñé con otro personaje del viejo condominio. Cuando pienso en ese espacio, se me dibuja como una mezcla de los recuerdos de mi infancia y las lagunas que rellena mi imaginación con realidades posibles. En verdad, aparecen varios personajes que quieren ir tomando forma. El problema es que sobrepienso demasiado y no soy metódico para tomar apuntes sobre los rasgos que se me van presentando en la mente.
Decía que apareció un nuevo personaje en un sueño. Rápidamente supe que era una chica llamada Diana. Me pregunto qué habrá sido de ella. Desbloqueé recuerdos de mi infancia que parecen interesantes para escribir una buena historia.
Cuando llegué por primera vez al condominio, yo venía recostado en los asientos traseros del Hyundai Accent 1998 que mis padres tenían en aquel entonces. (Voy a cambiar algunos nombres porque me gusta resguardar a mis personajes de la vida real; sin embargo conservaré el nombre de Diana porque su existencia ya es demasiado lejana y olvidable, y me gusta, aunque podría haberla llamado Artemisa, su equivalente griego, o Deyanira o cualquier nombre que comenzara con D, pero es irrelevante). Venía, como dije, recostado sobre los asientos, porque para mis cortos seis años (y como aún no habían terminado de construir la autopista) el viaje desde Viña del Mar se hacía muy largo, así que es probable que me haya acomodado para dormir.
Abrí los ojos cuando escuché que estábamos entrando al condominio y mis padres saludaban al hijo de mis futuros vecinos, Alfonso. Un muchacho flacucho y más alto que yo. Tendría unos 7 u 8 años. Y venía montado sobre una bicicleta enorme de color verde. Yo lo veía desde mi posición torcida, reclinado en el respaldo. Él venía con su brazo izquierdo en cabestrillo. Días después me revelaría que había sido la Diana, una niña que era el Diablo en persona, quien le había fracturado el brazo al saltar sobre él con todo su cuerpo desde los juegos. Los juegos eran una estructura hecha con palos de madera que parecía una fortaleza y tenía columpios y un resbalín. Debo aclarar que con el paso de los años los juegos, como se acostumbrada decirles, fueron mutando: los columpios (creo recordar que en sus inicios había dos) se rompieron y fueron remplazados por un neumático que colgaba amarrado con una soga de la viga que sostenía los columpios; después el neumático desapareció y volvió a aparecer un solo columpio y se construyó una casita en la parte superior de la estructura, y así es como se conservan los juegos hasta el día de hoy, aunque también fueron trasladados de sitio. Cuando me hice amigo del Alfonso, lo primero que me advirtió fue que la Diana era peligrosa y me aconsejó que no me juntara con ella. Creo recordar que otros niños también hablaban de la Diana como alguien de temer. Para ese momento el condominio ya no me parecía intimidante como espacio. Sabía que la calle tenía la forma de una C cuadrada, pero la primera vez que salí a jugar me dio miedo alejarme de la puerta de mi casa porque creía que era más inmenso y laberíntico, y pensaba que si me perdía nunca me encontrarían.
Ese día, entonces, yo imaginaba la escena de la Diana saltando sobre él que se había caído al pasto. Ella caía con todo su cuerpo, sobre el brazo flaco del Alfonso y se lo fracturaba. Después la imaginaba cayendo sobre mi brazo y entonces me imaginaba el dolor de un brazo roto, dolor que jamás he conocido. Pero, no. Supe que la Diana no era grande de cuerpo. Era delgada y morena, tenía el cabello negro y largo, partido por el medio, y ojos cafés, un poco claros, grandes. Tenía cara de gato. Puedo recordar que ese día usaba una polera roja y unos shorts negros. Tenía 9 años, era la mayor del grupo y se juntaba con la otra niña que no hablaba nada.
El Alfonso quiso ponerme contra ella. Me invitaba a su casa y me prestaba sus juguetes, pero tenía algo de presumido que luego ya no me agradaría tanto. En aquel entonces no lo comprendí, pero creo sospechar que las maldades que me hizo eran su venganza por haberlo traicionado. ¿Y cuál fue mi traición? Le hablé a la Diana. Las cosas ocurrieron de la siguiente manera:
Ella estaba jugando en el pórtico de su casa con la niña muda. Pongámosle Verónica, para que tenga algún nombre. Verónica, la muda. Yo pasé por fuera de su casa y supe que era ella. Estaban jugando a las tazitas, es decir, tomaban la once. Ella me llamó:
-¡Oye, tú, ven! -Me gritó.
-¿Tú eres la famosa Diana? -Pregunté yo.
-Yo soy, ¿por qué? Apuesto a que te contaron puras hueás de mí.
Su tono era rudo. Ahora se dirigía a la Verónica:
-¡Puta, que erís hueona, deja la taza ahí!
-¿Por qué la tratas así? -Le decía yo.
-Porque estas pendejas son más hueonas que los perros nuevos.
Entonces, se abrió la puerta de la casa y salió otra niña.
-Esta es mi prima, es igual de hueona que la Vero.
-¡Diana, te voy a dar un charchazo en la boca! -Se escuchó desde adentro la voz de su mamá.
Ella no contestó. Me miró y me dijo:
-Acércate, oye, ¿querís jugar con nosotras?
-Es que...
-¿Me tenís miedo acaso?
-Es que dices muchos garabatos. Mi mamá no me deja juntarme con gente ordinaria.
-Ven para acá, hueón maricón, si no te voy a hacer nada.
Entonces, me sentí obligado a avanzar, aunque su modo de hablar me resultaba intimidante y me avergonzaba un poco. Su carácter se impuso y caminé hacia el pórtico de la casa. Me senté solo para mirarlas jugar y ella me pasó una taza.
-No, gracias, este es juego de niñas.
-Toma la taza, culiao. -Me dijo. -¿Acaso no tomai once en tu casa?
-Sí...
-Entonces imagínate que estái tomando once, pero de mentira. Si te creís tan señorito que no decís garabatos, si te invitan a tomar once, aceptái por respeto.
-Está bien, es solo un juego.
Y me senté a "tomar la once", mientras me imaginaba que en cualquier momento aparecería el Alfonso y se burlaría de mí por estar jugando juegos de niñas con su archienemiga.
-¿Viste que no soy mala? -Me decía con otro tono más suave que parecía mucho más amistoso, como si realmente se alegrara de que me hubiera acercado a ella.
-Sí, creo que no eres mala.
-Estoy aburrida de que todos los culiaos me tengan miedo por culpa de un accidente.
Su voz sonaba a una mezcla de rabia y aflicción. Entonces, creí oportuno preguntarle:
-¿Es verdad que le rompiste el brazo al Alfonso?
-Ah... sí, por eso me dicen que soy el Diablo. Fue un accidente, pero ahora le rompería el otro brazo por ahueonao.
Intuí que a ella le gustaba el Alfonso y que tenía verdadera rabia, porque no había querido romperle el brazo con intención. Solo estaban jugando y ella no previó el impacto de su cuerpo cayendo sobre él, pero el Alfonso se lo tomó muy mal. Es cierto que ella era muy garabatera y ruda, sin embargo, ahora que había roto la barrera y estaba en su territorio, me parecía que solo era una niña traviesa, pero inofensiva. Sus "maldades" eran las típicas de una niña que la pasaba mal y se desquitaba con otros. Respecto a lo del brazo, concluí que, aunque era cierto que a nadie le gusta que le provoquen fracturas, mi amigo era injusto al atacar su reputación victimizándose por algo que había sido un mero accidente.
-¿A mí me romperías un brazo?
-Te dije que fue sin querer. Además, tú no me has hecho nada. Y no, no te haría daño, porque tú eres débil y usas lentes. Si alguien te hace algo, tú me dices y yo le saco la chucha.
-Bueno, gracias, pero nadie me ha hecho nada.
-Ten cuidado con ese hueón del Alfonso, es maricón.
-Es mi amigo.
-Yo te digo nomás. ¿Y vas a ser mi amigo?
-Es que dices muchos garabatos.
-Ya, evitaré decirlos cuando estés tú.
Y así la conocí. Después conocería realmente al Alfonso, pero la historia quedará pendiente.
Es tarde, seguiré escribiendo otro día.
domingo, 23 de febrero de 2025
23 de febrero de 2025
jueves, 20 de febrero de 2025
20 de febrero de 2025
Regresan algunos sueños y pesadillas recurrentes. Sigue apareciendo la casa de la niña muda. A pesar de que, si mis recuerdos no me engañan, solo la vi por única vez, el día que la familia se estaba cambiando de casa. Estaban llevando las cajas al camión. Yo saludé porque acababa de llegar y no conocía a nadie. No me devolvieron el saludo. La madre de la niña dijo: no te va a responder, no habla. Yo entendí que era muda, que no tenía voz. En ese momento pensé que sus cuerdas vocales estaban dañadas, que simplemente no podía producir una voz. Entonces me acordé de las pesadillas en las que yo me quedaba mudo. Ahora que sé que no todos los males son físicos, consideré la posibilidad de que se hubiera quedado muda por un trauma. Nunca llegué a saber quiénes eran y por qué se iban. Después esa casa quedó deshabitada y el tiempo la hizo desaparecer. Es un misterio porque solo puedo regresar a ese lugar en sueños. Siempre cambia de forma, pero yo sé que es esa casa imaginaria, sé quiénes la habitaron y sé que a esa casa no se puede entrar del modo en que uno entra a las casas normales. No es que la puerta esté cerrada. Lo que quiero decir es que cuando uno se adentra en ese espacio tiene la sensación de que no está realmente dentro, como si se tratara de un interior falso, un adentro que sigue siendo solo una cáscara que cubre el verdadero "adentro" de la casa. Como si esa fuese en definitiva la realidad. Una lámina o una tela sobrepuesta en una red o un soporte cuadriculado, o como los tejidos de un cuerpo envolviendo su estructura ósea. Una trama oculta. A veces se siente como un espiral, como si detrás del mundo estuviese escondido el Gran Caracol, el dios infinito.
Hoy solo pude escribir hasta aquí, porque me siento agotado. Me esforcé en tratar de explicar sensaciones oníricas que difícilmente se pueden traducir en palabras. Tengo sueños en los que a veces ya ni siquiera hay historia, solo sensaciones, pero la gente que allí me está mirando, aunque yo no pueda verla me conoce. Son personajes familiares, son fantasmas que había olvidado y que estuvieron desde siempre. Entonces, solo anhelo la calma y la concentración para otorgarles la forma que merecen. Como en las ruinas circulares. Debo estudiar sobre la meditación trascendental. Sé que si alguien leyera esto pensaría que han sido días de mucha angustia y que la persona que escribe se está hundiendo. Yo le diría que es mentira, solo me dejé llevar por la corriente. Escribir es mi modo de salir a flote y estoy aprendiendo a nadar.
miércoles, 19 de febrero de 2025
19 de febrero de 2025
Sí que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que escribí en este blog. Es un espacio antiguo que creé hace muchos años, pero por pudor he borrado muchas entradas viejas. Releí todo, una vez más. Antes me parecía que lo escrito aquí eran textos de otra persona y pensaba que eso era lo normal. Ahora estoy en desacuerdo. Supongo que se debía a que inconscientemente negaba una parte de mí. Ahora es diferente. Creo haberme reconocido en todas esas emociones sobre las que escribí. Siento que debería aceptarlas, porque aunque ya no sea el mismo, forman parte de una carga que he llevado durante meses o años. No sé si me he hecho más fuerte o más débil, lo que no ha cambiado es cierta sensación inexplicable de soledad o de vacío. Si escribí sobre lo que me provocaban mis sueños y pesadillas fue porque era lo que realmente se hallaba atascado en el sótano de mi corazón. La luz se filtraba por entremedio de los agujeros que yo me esforzaba en tapar. Ya no quiero reventar por dentro. Quiero sentir paz. Allí estoy yo, cada día. Resistiendo. Intentando parecer aliviado y ligero, todos piensan que transmito bondad y serenidad. Pero arrastro un temporal que amenaza con destruirlo todo, un diluvio. A veces se me ponen los ojos húmedos y me aguanto las lágrimas que no sé de dónde vienen. Cierro los ojos con fuerza y me digo: tengo sueño, me entró algo. Si colapsé en el último tiempo fue porque había tenido todas esas emociones contenidas.
¿Por qué me cuesta tanto concentrarme en el momento que estoy viviendo? Todavía me pasa eso cuando camino por la calle en piloto automático. La sensación de estar cayendo profundamente dentro de mí mismo, enredado en mis pensamientos. Sin poder prestar atención a las cosas que ocurren a mi alrededor. Allí es cuando me envuelve la melancolía y siento que imperceptiblemente para los demás, excepto para mí, me ensombrezco, me hago más triste.
Estuve imaginando unos personajes y situaciones. El primero era de una mujer que viajaba desde una distancia muy lejana para ver a un amigo que estaba enfermo, pero cuando llegaba él ya se había muerto sin la compañía de nadie. Ella se lamentaba mucho, pero él (como fantasma) le decía: viniste desde tan lejos, solo para verme. Nunca lo olvidaré. Más tarde soñé que ese muchacho no estaba enfermo, sino que lo habían atacado y estaba agonizando. Lo habían dejado totalmente destruido. La mujer después estaba sola en un puente, mirando la nada. La voz del chico le susurraba un mensaje a través del viento. Ella percibía una presencia, pero luego solo se veían las hojas de otoño que se arremolinaban en una tarde gris.
También soñé con una persona que traían en una silla de ruedas. Una amiga la llevaba en secreto a ver a sus mejores amigas. Digamos que a la lisiada le habían hecho mucho daño. Hubo diferencias, peleas. Se distanciaron. Cuando llegaba con la chica en silla de ruedas, era como si les trajera una bomba, un caballo de Troya, porque su llegada lo quebraba todo. Veía que causaba un gran impacto, y desencadenaba sentimientos de culpa en las muchachas. Las amigas la rodeaban y la abrazaban al verla, intentaban consolarla y decirle lo mucho que la querían. "Hiciste que me preocupara mucho por ti", le decía una de sus amigas. "Siempre te quisimos", y también: "Nunca debiste irte" o "Si nos hubieras dicho lo mucho que estabas sufriendo". ¿Pero de qué servía? Esa niña ya no podía caminar, ya no podía hablar. Y entonces estrechaban el círculo alrededor de ella y lloraban. Yo era solo un observador en esa escena. Quería ayudar, pero estaba fuera de ese círculo. Su presencia al mismo tiempo rompía el mundo y lo volvía a unir, pero siempre de un modo triste.
Siempre sueño con gente que no conozco, gente que está sufriendo. A veces imagino que toda esa gente soy yo.
Después soñé con el viejo condominio de la calle Molina. Esta vez los hechos volvían a situarse en la casa imaginaria, esa que era una falsificación de mis recuerdos. La casa de la niña muda. En este sueño, sí vivía gente en esa casa, pero era otra familia que se había ido de viaje. (Por cierto, se supone que todas las casas son iguales, pero esa siempre es diferente, está emplazada de otro modo. A veces es una mezcla de todas las casas en las que he estado en mi vida). Era de noche. Los vecinos se reunían para investigar porque había luz en esa casa y nunca se apagaba. Yo me daba cuenta de algo. En el resto del condominio se había cortado toda la luz. Solo esa casa se iluminaba como un parque de atracciones. Había luces de distintos colores y figuras con formas pintorescas que ya no puedo recordar. Un hombre me decía que allí había una puerta de entrada a otro mundo y que solo tenía una oportunidad para acceder a él. Otro decía que en esa casa estaban robando electricidad y que iban a poner una denuncia para que vinieran a fiscalizar. Es probable que no haya anotado las cosas en orden. También es cierto que este sueño está incompleto porque solo recuerdo fragmentos.
Después desperté. Me dio por revisar estos textos y volver a escribir. Me ayuda a no pensar tanto. Aunque no tengan tanto sentido, mientras escribo mi mente se desacelera, se pone a un ritmo más adecuado. Ahora podré dormir mejor. (Espero).
lunes, 17 de julio de 2023
17 de junio de 2023
Ha pasado un año exactamente desde la última entrada que escribí. Abrí el blog sin pensar en la fecha. No creo que haya sido coincidencia. A veces el universo se manifiesta de formas extrañas. He releído mis textos con la sensación de estar leyendo a una persona diferente. Es como si fuera otro el que escribió esos textos y, por supuesto, eso es lo normal. Los sueños que escribí reflejan mucha melancolía, ansiedad y temor, deseos de aventura, de emprender proyectos, de moverme, quizá de escapar (¿de qué?). Creo que debería retomar con más constancia la práctica de escribir sobre mis sueños. Cuando los leo ya pasado el tiempo, ajeno a las emociones y sensaciones que motivaron su escritura, esos sueños que registré parecen más claros, más fáciles de penetrar, de domesticar por el intelecto. Tampoco es que me interese mucho desenmarañarlos, pero cuando los releo y recuerdo otro sueño que había escrito hace años, descubro qué es lo que estoy olvidando. Sí, a veces me parece que son una llamada de ayuda. Había un sueño en el que atravesaba un sendero de tierra con árboles a los lados, que parecía un túnel muy oscuro. Yo llevaba a mi hermano en bicicleta y a veces aparecían vagabundos que nos observaban con extrañeza, pero yo seguía pedaleando. Tal vez muchos de estos sueños no significan nada. Pero sí siento que en el fondo les estoy buscando un sentido. Ahora ya no hay hermano. Es mi hermana que ha florecido y está abriendo sus pétalos al mundo. En cuanto a mí, no he sido un buen hermano, ni un buen hijo, ni un buen amigo quizás. Iré a dormir. ¿Si ya no soy el que era cuando escribí hace meses,... quién soy, qué es lo que ha cambiado en mí y por qué?
jueves, 16 de junio de 2022
16 de junio de 2022
Quiero soñar con bosques profundos y misteriosos como laberintos. Quiero soñar con seres mitológicos y viajes iniciáticos en los que busco un libro hermético, un talismán, una espada legendaria, una copa de la abundancia, un portal hacia otras dimensiones. Me aliviaría mucho.
16 de junio de 2022
El dolor es una distancia comprimida en el cuerpo.
El dolor es una sombra nebulosa.
Cuando me haya marchado, sentirás el espacio que ya no llenará mi voz.
Recordarás las conversaciones que nunca tuvimos.
Las confidencias que nunca te hice.
Mi grito de auxilio ya no podrá alcanzarte.
La espina que me atravesó el pecho en silencio.
Ya no se hundirá hasta el fondo.
Porque ya no quedará más fondo.
jueves, 21 de abril de 2022
lunes, 18 de abril de 2022
18 de abril de 2022
Dos sueños extraños tuve hace algunos días. Ahora los escribo.
En el primero rescataba a un niño que había sido secuestrado por una tribu o una secta. Intentaba ocultarme en las casas de una aldea. Sentía mucha desesperación. Salí de ese sueño sin saber en qué acababa. Después de despertar, me pareció que ese sueño tenía cierta similitud con el cuento "El ojo Silva" de Roberto Bolaño. Salté al siguiente como si me lanzara a un pozo.
En el segundo sueño, fui transportado al comedor de mi casa. Estaba sentado tomando un desayuno. De repente el día avanzaba a una velocidad vertiginosa. Caía la tarde y ya no había luz en el espacio. Mi polola estaba sentada junto a mí. Ya no tomábamos desayuno sino once. Ella me traía regalos que yo no podía ver con claridad porque me envolvía una sombra. En un abrir y cerrar de ojos me transportaba a las calles de Valparaíso. Estaba en medio de una multitud a las afueras de la universidad y podía distinguir algunos viejos compañeros. Era de noche ya. Ellos se desvanecían o yo me quedaba atrás. La gente era tanta que llegué a sentir que no conocía a nadie. Ingresé al edificio de la universidad, pero por dentro era otro edificio. Subí por un ascensor hasta el tercer piso. Me dirigí a las oficinas. Pero no había oficinas. Había un taller de diseño de juegos de mesa. En la sala en la que me encontraba ahora había repisas con artículos de juegos, tableros antiquísimos, dados de hueso, fichas de madera y de piedras ancestrales. Una persona que parecía ser el director del equipo discutía con otro empleado porque al parecer unos dados estaban dañados. Yo los revisaba y constataba sus imperfecciones. Otra persona me llamaba la atención y me recalcaba que no me estaba permitido tocar esos objetos. Entonces me alejaba de allí para evitar conflictos. Revisaba mi celular, pero no tenía señal. Me sentía mal por estar allí y no en la casa con mi polola, que seguramente se había quedado sola. Pensaba en volver, pero ya era tarde. No sabía cómo había llegado hasta allí, si estaba hace un rato en mi casa. Quería regresar, pero ya no había locomoción. Eran más de las diez de la noche. Y unos instantes después eran las doce y cuarto. Sentí que el tiempo avanzaba a un ritmo frenético. Era una sensación absurda, porque mi cuerpo no se sentía liviano, sino más bien aletargado, como si una lenta pesadez cayera sobre mi cabeza y mis músculos. Me costaba moverme. Deseaba tenderme sobre una cama. Entonces aparecía un gordito con rulos de cara familiar y voz gangosa. Me abría la puerta de una habitación. Recogía algunas ropas que estaban desperdigadas por allí, se disculpaba por el desorden. Me ofrecía una cama y me decía que podía dormir allí para adelantar el tiempo. Al amanecer, cuando comenzaran a pasar los buses, podría irme a mi casa. Me envolvió un alivio porque no tendría que esperar afuera en el frío. Dormiría en una cama cómoda y abrigada. Sin embargo, me regresó la tristeza, porque mi polola me estaba esperando, y yo me encontraba atrapado en un edificio que era otro edificio distinto del que debía ser, con gente que me resultaba familiar y desconocida. Y las horas pasaban lentas cuando me acordaba de que existía el tiempo. Y si no pensaba en el tiempo, este se aceleraba. No me quedaba más remedio que dejarme llevar por la situación. Me tendí sobre la cama. Cerré los ojos y desperté.
domingo, 10 de abril de 2022
10 de abril de 2022
Estaba deambulando por una ciudad ficticia. Las calles eran espaciosas y muy concurridas. Una especie de organillero (o eso creo que era) me había confiado, mientras iba de viaje a buscar mercancía, su carrito. Era un carrito moderno, a motor. Uno se podía subir y conducirlo como si fuera una especie de moto. Tenía cables y luces de colores, un megáfono y parlantes. Yo jugaba con los botones del tablero de mando y modificaba la configuración de la máquina. Pasaba poco más de un día y casi al anochecer el dueño del carro regresaba con un búho. Pensaba que se iba a molestar porque estuve intruseando los botones, pero no parecía darle importancia. Me agradecía el favor y me regalaba un par de bicicletas. Tomaba su carrimoto y se iba.
Después, una chica me robaba una bicicleta y la iba a esconder en una casa de su barrio. Yo me ponía a discutir con ella y le decía que era una delincuente. Ella llamaba a sus amigas y entonces yo me iba de ahí, porque no me sentía en condiciones de seguir reclamando lo que era mío.
Tomé la única bicicleta que tenía y me fui andando en ella hasta las calles del centro. La muchedumbre se apretujaba en la enorme plaza. De repente, entre la multitud, divisaba a un amigo mío. Lo seguía sin que se diera cuenta por las calles desbordadas de gente hasta un edificio amarillo. Tenía la impresión de que la ciudad estaba de fiesta, había un carnaval. Él parece que andaba en algo sospechoso o en problemas. Notaba que unos tipos venían siguiéndolo. Yo observaba todo desde una distancia poco segura. Casi me sentía implicado ya en la situación. Y entraba en el edificio. Era bastante estrecho. Antes de comenzar a subir las escaleras, veía que a mi amigo un poco más arriba lo habían interceptado y lo increpaban, lo empujaban contra la pared. Uno de los matones se percataba de mi presencia. Yo intentaba ocultarme detrás de la escalera junto al depósito de basura. Pero ya me habían visto. Dejaban a mi amigo y bajaban a buscarme a mí. Eran tres y luego cinco. Me agarraban del cuello con una soga y comenzaban a tironearme para llevarme al centro de la plaza y ahorcarme. Yo daba patadas desesperadamente e intentaba gritar. Pasaba gente por la escalera y veía cómo me estaban arrastrando. Yo pedía ayuda, pero la gente se mostraba indiferente. Esa iba a ser mi muerte. Imaginaba qué hubiera pasado si hubiera tenido la posibilidad de actuar. Si hubiera estado en el departamento, observando desde la ventana. Habría sabido que atacarían a mi amigo, tal vez no en la escalera. Tal vez lo habrían atrapado a la entrada del departamento, cuando intentara sacar las llaves de la puerta. Lo habrían empujado hacia adentro. Yo, habría estado en la habitación. Habría tomado un fierro para golpearlos por sorpresa. Me habría escabullido por la ventana de la pieza y habría saltado al balcón, habría ingresado por el ventanal que estaba abierto, y no me habrían visto porque la cortina me taparía. Sería el momento propicio de asestar el fierrazo en la cabeza del más distraído. Pero entonces volvía a la soga en mi cuello y a las manos que me empujaban. Me sacaban en medio de la multitud y en la plaza, ya de noche, habían prendido unos fuegos de sacrificio. Me pregunto en qué ciudad y en qué dimensión estaba.
martes, 29 de marzo de 2022
29 de marzo de 2022
He tenido varios sueños últimamente (o, más bien, los he podido recordar casi a diario) y no me queda claro si eso es señal de que estoy durmiendo bien o pésimo. A veces me despierto en mitad de la noche y por la mañana me encuentro cansado, extenuado. Me paso el día resistiendo el sueño y llego a la casa aletargado. Suelo ceder al cansancio después del almuerzo, sentado al sol sobre el sofá simplemente, y cuando me queda un poco más de energía me recuesto en mi cama. He tenido o recordado varios sueños, dije, pero anoche tuve un sueño brevísimo que me espantó. Soñé que nos despertábamos cerca de las nueve de la mañana. La luz se filtraba por la ventana y la pieza se llenaba de una cierta claridad tenue de día nublado. Dormíamos mi madre, mi padre, mi hermana y yo en la misma cama. Estábamos en casa y nos despertábamos abruptamente porque alguien golpeaba fuertemente la puerta como con desesperación. En un instante veía nuestros cuerpos en la cama y deducía que, como solo mi hermano no estaba, debía ser él quien tocaba a la puerta con tanta urgencia. Supe inmediatamente que debía abrirle, pero en ese preciso momento me desperté. Me desperté y, nada más de regreso a la realidad consciente, tuve la sensación de que los golpes en la puerta de la casa seguían sonando. Entonces, me quedé quieto en la oscuridad, pensativo. Recordé que había oído hablar de personas con el don de la ubicuidad, que con solo desearlo en el pensamiento se podían manifestar físicamente en otros espacios lejanos al punto en que se encontraban. Y temí que mi hermano realmente pudiese necesitar de nuestra ayuda. Dudé si en verdad habría soñado los golpes, que es lo más lógico. Pero, tal vez hubiese sido una alucinación hipnopómpica, de esas que ocurren normalmente al despertar. Y, supersticioso y paranoico, supongo que desorientado por la oscuridad y el miedo, imaginé que lo mejor era no abrir, porque podía tratarse de una fuerza maligna que quisiese entrar a la casa, haciéndome creer que era mi hermano. Recordé que en la vieja casa de antes sí le abrí la puerta a nadie en mitad de la noche, cuando nadie efectivamente había golpeado, y me encontré con la oscuridad silenciosa. Recordé que después de esa noche, inexplicablemente, sobrevinieron malos acontecimientos en esa casa que afectaron mucho a mi familia. Y, también me acordé de que cuando niño solía tener pesadillas relacionadas con dobles, es decir, con personas que solo yo sabía que no eran ellas realmente, y donde nadie me creía y me volvía mudo. Todo esto debe tener algún significado inconsciente, pero no me daré el trabajo de descifrarlo.
lunes, 27 de diciembre de 2021
27 de diciembre de 2021
Ha surgido un nuevo sueño. No es una pesadilla. No hay persecución ni desdoblamientos. Esta vez me encuentro paseando por las calles de mi barrio. Converso con alguien que no consigo reconocer, pero debe ser alguien cercano, porque le hablo con naturalidad de cosas personales. Esta persona me entrega una fotografía. En ella se observa a un ex compañero de colegio sentado sobre la banca de la placita que hay en el condominio. Él debe tener entre 10 y 12. Era el día de mi cumpleaños. Lo sé porque ese fue el único día que ese chico vino a mi casa, aunque no puedo recordar cuántos años cumplía. Él está sonriendo. No vino para celebrarme, vino para bañarse en la piscina, pero no me importa. No recuerdo que nadie tomara esa foto. Me preocupa por qué esta foto ha aparecido de manera inexplicable. ¿Por qué me la ha entregado esta persona que pasea a mi lado sin decirme qué significa? Algo inquietante hay en esa foto. Y lo descubro cuando miro el fondo que hay detrás. Lo importante no es lo que está en primer plano, sino el fondo de la escena. Puedo ver que hay una casa que nunca estuvo en el condominio. Es una casa diferente. Está hecha de paredes de piedra. Taladro esa imagen con mis ojos todo lo que puedo y descubro que las ventanas están rotas. Es una casa triste y abandonada. Se parece a la casa ideal que yo imaginaba en mi infancia, cuando quería ser arquitecto. Yo construiría mi propia casa de piedra junto a una calle arbolada de un pueblo tranquilo. Pero esta casa de la foto no es mi casa soñada. La mía era luminosa y feliz. En la casa de la foto solo se concentra la melancolía. Ahora recuerdo que es la casa de unos vecinos. Ellos tenían una hija que no podía hablar. Y vivieron en esa casa tan solo unos meses. Después se fueron y no supe más de ellos. Pero mi cerebro empieza a procesar la información de mis recuerdos y me revela que estos vecinos realmente no se fueron, porque nunca vivieron allí, de manera que no pudieron irse de un lugar donde no estuvieron. Eran personas imaginarias. Ilusiones creadas por mi mente. Y un día simplemente dejé de imaginar su existencia. La casa tampoco existió nunca. Era una casa fantasma. Una casa prohibida. Pero aquí surge lo asombroso. Cuando éramos niños podíamos verla como si fuese real. Y cuando sus habitantes se hicieron humo, algunos seguimos visitando sus jardines y nos acercábamos a las ventanas para entrar. Algunos niños sí entraron y contaron lo que vieron. Otros fantasmas ocuparon la casa. Yo nunca me atreví a entrar. Había duendes y guardianes malignos y por las tardes se dibujaba con sangre en las paredes el rostro de Jesucristo. Pensaba que si me metía a la casa saldría con estigmas. Esta casa se acoplaba entre medio de dos casas y expandía el largo de la calle. Nadie podía percibir esta deformación del espacio tiempo. A veces la casa estaba allí; a veces no estaba, y la calle se hacía más corta. Estas cosas yo las recordaba. No me las contaba nadie, ni ocurrían en el sueño. Yo las sabía porque ya habían ocurrido. Este era uno de esos sueños agotadores en el que uno posee muchos conocimientos de cosas que jamás ha sabido en la vida real, de cosas que jamás ocurrieron. Pero el cerebro nos ha inventado toda una vida, todo un pasado. Y yo recuerdo mi pasado soñado a través de la vieja casa triste de una fotografía. De modo que esta casa era una anomalía cuántica o se relacionaba con fenómenos parapsícológicos. Sin embargo, hay cierta incongruencia en la lógica de este sueño, porque, según mis recuerdos, la casa se volvía visible a partir de las 6 o 7 de la tarde, cuando comenzaba a ocultarse el sol. Y la foto parece haber sido tomada a las 3 de la tarde, o eso se deduce por la iluminación. El caso es que pudimos ver esa casa de niños, pero al crecer perdimos esa facultad.
Ahora tengo la edad que tengo en la realidad. Las incongruencias del sueño no me importan porque lo que yo quiero es demostrar que esa casa es real, que no la imaginé y que otros también la vieron. Investigo mucho para encontrar un método que me permita ver la casa otra vez. Compro unos aparatos que captan fenómenos cuánticos, que registran anomalías magnéticas. Estudio su funcionamiento, me preparo para la aventura. Empiezo a llamar por teléfono a mis viejos amigos. Les cuento mi proyecto y los invito a participar. Les pido que vengan a verme para trabajar en este misterio.
Me paso toda la tarde tomando notas. Nadie llega. Vuelvo a insistir, pero nadie responde a mis llamadas. Compré todos los implementos y ¿para qué? Nadie me va a acompañar en esta búsqueda. Estoy solo. Siento ganas de llorar.
