Vuelvo a escribir después de un mes entero. Me falta desarrollar la historia de Diana y los otros. Tenía la trama, o las tramas, pero me falta conectarlas, porque entre esas historias imaginarias se interponen mis historias. Por tiempo y porque otros pensamientos y preocupaciones han ocupado mi mente no he podido enfocarme. Pero debo hacerme el hábito. Debo continuar. He estado triste, pero una parte de mí no puede estar triste. La vida sigue cada día, es como una fuerza que nos arrastra, nos aleja de nosotros mismos. Es preciso vivir para los otros, es preciso olvidarse de uno. Entre todo ese tumulto de obligaciones, no encuentro ningún refugio, ningún espacio seguro para descansar, para reponer mis energías. Encima debo lidiar con el desprecio, con el rechazo, con la ingratitud de quienes tenía en alta estima. Para no ser un estorbo, me he hecho a un lado. Y ahí estoy, soportando estoicamente la exclusión, en un mundo donde todos debemos convertirnos en unos hipócritas hijos de puta, para hacer como si nada pasara, fingiendo que todo está bien. La espina más dolorosa es la traición, la revelación de que nunca fuimos importantes en ningún sentido. En mis ejercicios de autoconocerme aprendí que nunca me estoy dejando fluir completamente, siempre hay un nudo en mí que me está reteniendo. Incluso cuando llegan malas noticias, cuando las cosas se ponen oscuras, mi cuerpo tarda en procesarlo todo. Es como si una muralla se interpusiera entre mí y mí. Primero, la emoción es encapsulada en la mente como una píldora de acción prolongada, luego se libera pero con una velocidad lenta por varios días. Lo que me afectó hoy debió hacerlo hace semanas. En realidad siempre estoy frenando las lágrimas. No sé por qué voy como deteniendo con tanta resistencia la tormenta que tarde o temprano va a llegar. Cada vez que me pregunten cómo estoy debería responder que con suerte lo voy comprendiendo, pero que al menos ya puedo entrever el enorme peso de la pena. Soy la persona más fuerte del mundo. Qué inútil, en todo caso, pretender hacerse fuerte a través del dolor. Siempre habrá un dolor real más terrible que pueda golpearnos. ¿Por qué no puedo ser simplemente feliz? Llegar a casa y dormir tranquilo, soñar los sueños de una persona normal, despertar maravillado por el misterio de otro mundo posible. "Como si la vida no pusiera suficientes obstáculos en nuestro camino, a veces parece que tropezamos con nosotros mismos". Esa es una frase de Remando al viento. En fin, quería escribir sobre el sueño del otro día. Sé más o menos lo que significa: es preciso el cambio, pero me está costando aceptarlo, aunque las señales son clarísimas.
En el sueño me encontraba en la consulta de una dermatóloga. Le consultaba por una espinilla gigante que se me había reventado en la cara y me había dejado una marca. Ella revisaba sus fichas que extraía de un cajón. Le preguntaba si me podía cocer la cara y dejarme sin cicatrices. Ella me decía que no lo sabía. También le preguntaba por una mancha, una pigmentación en la piel de mi muñeca izquierda, pero esa pregunta la ignoraba. Luego me pedía que la siguiera. Salíamos de la consulta a un jardín. Estaba de noche. Me llevaba hasta otro edificio donde habían unas oficinas. Allí estaba oscuro. Se habría una puerta y salía un hombre, que intercambiaba con ella unas palabras y luego desaparecía de mi vista. Estaba muy oscuro ahí dentro y yo buscaba el interruptor, pero al pulsarlo no pasaba nada. No me atrevía a entrar porque presentía que esa mujer quería abusar de mí. Entonces me quedaba en el umbral de la puerta. Pero de repente se iluminaba el espacio y aparecía una chica que era mi terapeuta. Me saludaba, abrazaba a la dermatóloga y entonces mis temores se esfumaban. Mi terapeuta tenía el cabello negro y con rulos, la cara blanca con algunas pecas. Me decía que por desgracia se estaban terminando los reemplazos en el centro médico y que empezarían a volver los funcionarios de planta, por lo que ella ya no podría atenderme, pero me sugería que podíamos seguir viéndonos por fuera. En ese momento llegaban varias mujeres más y me rodeaban, una de ellas, de cabello anaranjado y muy linda, saludaba a mi terapeuta. Eran colegas. Parece que le preguntaba si me podía traspasar como paciente. Las demás chicas eran terapeutas algunas y otras pacientes. No conocía a ninguna, pero en el sueño era como si las conociera desde siempre, como si fueran mis amigas. La de cabello anaranjado me decía, no nos veremos en algún tiempo pero escríbeme, estemos en contacto. Otra niña me decía tenemos que juntarnos, te voy a invitar a mi cumpleaños. Yo decía que sí. Ella no me escuchaba y me preguntaba si le había dicho que sí o que no. Yo repetía: sí. Y luego me empezaba a desvanecer, y me iba cayendo suavemente en el pasto. Todas ellas me rodeaban y parecían querer ayudarme. Antes de desmayarme por completo, desperté.
Ahora voy a dormir.
