lunes, 3 de marzo de 2025

2 de marzo de 2025

No había escrito en varios días, aunque me propuse hacerlo con más regularidad. Creo que se vienen tiempos complejos. Espero que tiempos de cambio, de transformación. Las historias que he estado soñando están latentes. El otro día soñé con otro personaje del viejo condominio. Cuando pienso en ese espacio, se me dibuja como una mezcla de los recuerdos de mi infancia y las lagunas que rellena mi imaginación con realidades posibles. En verdad, aparecen varios personajes que quieren ir tomando forma. El problema es que sobrepienso demasiado y no soy metódico para tomar apuntes sobre los rasgos que se me van presentando en la mente.

Decía que apareció un nuevo personaje en un sueño. Rápidamente supe que era una chica llamada Diana. Me pregunto qué habrá sido de ella. Desbloqueé recuerdos de mi infancia que parecen interesantes para escribir una buena historia.

Cuando llegué por primera vez al condominio, yo venía recostado en los asientos traseros del Hyundai Accent 1998 que mis padres tenían en aquel entonces. (Voy a cambiar algunos nombres porque me gusta resguardar a mis personajes de la vida real; sin embargo conservaré el nombre de Diana porque su existencia ya es demasiado lejana y olvidable, y me gusta, aunque podría haberla llamado Artemisa, su equivalente griego, o Deyanira o cualquier nombre que comenzara con D, pero es irrelevante). Venía, como dije, recostado sobre los asientos, porque para mis cortos seis años (y como aún no habían terminado de construir la autopista) el viaje desde Viña del Mar se hacía muy largo, así que es probable que me haya acomodado para dormir.

Abrí los ojos cuando escuché que estábamos entrando al condominio y mis padres saludaban al hijo de mis futuros vecinos, Alfonso. Un muchacho flacucho y más alto que yo. Tendría unos 7 u 8 años. Y venía montado sobre una bicicleta enorme de color verde. Yo lo veía desde mi posición torcida, reclinado en el respaldo. Él venía con su brazo izquierdo en cabestrillo. Días después me revelaría que había sido la Diana, una niña que era el Diablo en persona, quien le había fracturado el brazo al saltar sobre él con todo su cuerpo desde los juegos. Los juegos eran una estructura hecha con palos de madera que parecía una fortaleza y tenía columpios y un resbalín. Debo aclarar que con el paso de los años los juegos, como se acostumbrada decirles, fueron mutando: los columpios (creo recordar que en sus inicios había dos) se rompieron y fueron remplazados por un neumático que colgaba amarrado con una soga de la viga que sostenía los columpios; después el neumático desapareció y volvió a aparecer un solo columpio y se construyó una casita en la parte superior de la estructura, y así es como se conservan los juegos hasta el día de hoy, aunque también fueron trasladados de sitio. Cuando me hice amigo del Alfonso, lo primero que me advirtió fue que la Diana era peligrosa y me aconsejó que no me juntara con ella. Creo recordar que otros niños también hablaban de la Diana como alguien de temer. Para ese momento el condominio ya no me parecía intimidante como espacio. Sabía que la calle tenía la forma de una C cuadrada, pero la primera vez que salí a jugar me dio miedo alejarme de la puerta de mi casa porque creía que era más inmenso y laberíntico, y pensaba que si me perdía nunca me encontrarían.

Ese día, entonces, yo imaginaba la escena de la Diana saltando sobre él que se había caído al pasto. Ella caía con todo su cuerpo, sobre el brazo flaco del Alfonso y se lo fracturaba. Después la imaginaba cayendo sobre mi brazo y entonces me imaginaba el dolor de un brazo roto, dolor que jamás he conocido. Pero, no. Supe que la Diana no era grande de cuerpo. Era delgada y morena, tenía el cabello negro y largo, partido por el medio, y ojos cafés, un poco claros, grandes. Tenía cara de gato. Puedo recordar que ese día usaba una polera roja y unos shorts negros. Tenía 9 años, era la mayor del grupo y se juntaba con la otra niña que no hablaba nada.

El Alfonso quiso ponerme contra ella. Me invitaba a su casa y me prestaba sus juguetes, pero tenía algo de presumido que luego ya no me agradaría tanto. En aquel entonces no lo comprendí, pero creo sospechar que las maldades que me hizo eran su venganza por haberlo traicionado. ¿Y cuál fue mi traición? Le hablé a la Diana. Las cosas ocurrieron de la siguiente manera:

Ella estaba jugando en el pórtico de su casa con la niña muda. Pongámosle Verónica, para que tenga algún nombre. Verónica, la muda. Yo pasé por fuera de su casa y supe que era ella. Estaban jugando a las tazitas, es decir, tomaban la once. Ella me llamó:

-¡Oye, tú, ven! -Me gritó.

-¿Tú eres la famosa Diana? -Pregunté yo.

-Yo soy, ¿por qué? Apuesto a que te contaron puras hueás de mí.

Su tono era rudo. Ahora se dirigía a la Verónica:

-¡Puta, que erís hueona, deja la taza ahí!

-¿Por qué la tratas así? -Le decía yo.

-Porque estas pendejas son más hueonas que los perros nuevos.

Entonces, se abrió la puerta de la casa y salió otra niña.

-Esta es mi prima, es igual de hueona que la Vero.

-¡Diana, te voy a dar un charchazo en la boca! -Se escuchó desde adentro la voz de su mamá.

Ella no contestó. Me miró y me dijo:

-Acércate, oye, ¿querís jugar con nosotras?

-Es que...

-¿Me tenís miedo acaso?

-Es que dices muchos garabatos. Mi mamá no me deja juntarme con gente ordinaria.

-Ven para acá, hueón maricón, si no te voy a hacer nada.

Entonces, me sentí obligado a avanzar, aunque su modo de hablar me resultaba intimidante y me avergonzaba un poco. Su carácter se impuso y caminé hacia el pórtico de la casa. Me senté solo para mirarlas jugar y ella me pasó una taza.

-No, gracias, este es juego de niñas.

-Toma la taza, culiao. -Me dijo. -¿Acaso no tomai once en tu casa?

-Sí...

-Entonces imagínate que estái tomando once, pero de mentira. Si te creís tan señorito que no decís garabatos, si te invitan a tomar once, aceptái por respeto.

-Está bien, es solo un juego.

Y me senté a "tomar la once", mientras me imaginaba que en cualquier momento aparecería el Alfonso y se burlaría de mí por estar jugando juegos de niñas con su archienemiga.

-¿Viste que no soy mala? -Me decía con otro tono más suave que parecía mucho más amistoso, como si realmente se alegrara de que me hubiera acercado a ella.

-Sí, creo que no eres mala.

-Estoy aburrida de que todos los culiaos me tengan miedo por culpa de un accidente.

Su voz sonaba a una mezcla de rabia y aflicción. Entonces, creí oportuno preguntarle:

-¿Es verdad que le rompiste el brazo al Alfonso?

-Ah... sí, por eso me dicen que soy el Diablo. Fue un accidente, pero ahora le rompería el otro brazo por ahueonao.

Intuí que a ella le gustaba el Alfonso y que tenía verdadera rabia, porque no había querido romperle el brazo con intención. Solo estaban jugando y ella no previó el impacto de su cuerpo cayendo sobre él, pero el Alfonso se lo tomó muy mal. Es cierto que ella era muy garabatera y ruda, sin embargo, ahora que había roto la barrera y estaba en su territorio, me parecía que solo era una niña traviesa, pero inofensiva. Sus "maldades" eran las típicas de una niña que la pasaba mal y se desquitaba con otros. Respecto a lo del brazo, concluí que, aunque era cierto que a nadie le gusta que le provoquen fracturas, mi amigo era injusto al atacar su reputación victimizándose por algo que había sido un mero accidente.

-¿A mí me romperías un brazo?

-Te dije que fue sin querer. Además, tú no me has hecho nada. Y no, no te haría daño, porque tú eres débil y usas lentes. Si alguien te hace algo, tú me dices y yo le saco la chucha.

-Bueno, gracias, pero nadie me ha hecho nada.

-Ten cuidado con ese hueón del Alfonso, es maricón.

-Es mi amigo.

-Yo te digo nomás. ¿Y vas a ser mi amigo?

-Es que dices muchos garabatos.

-Ya, evitaré decirlos cuando estés tú.

Y así la conocí. Después conocería realmente al Alfonso, pero la historia quedará pendiente.

Es tarde, seguiré escribiendo otro día.