viernes, 12 de noviembre de 2021

12 de noviembre de 2021

Anoche soñé que estaba en casa de un mafioso. Había un individuo que resultaba ser un infiltrado y el jefe lo descubría. Le tendía una trampa y lo inducía a entrar a un auto. Pero el auto tenía explosivos que afortunadamente se accionaron antes por una falla técnica. Veía cómo el auto se prendía en llamas, primero anaranjadas y luego de un color verde y luminoso como el ácido radioactivo. Después el humo se convertía en espuma blanca y burbujeante que se desparramaba sobre el suelo. El auto parecía una nube. El infiltrado conseguía escapar por una puerta y se metía en un pasillo estrecho. El jefe inexplicablemente no sacaba ninguna pistola para matarlo, permanecía quieto, lo miraba escabullirse con una sonrisa. Yo escuchaba sus pensamientos. Decía: no podrás escapar, ya he avisado a todos mis hombres (telepáticamente, suponía yo). Y entonces se me representaba en mi mente que yo era ese hombre infiltrado, porque mientras contemplaba toda la escena yo había sido invisible, todos me habían ignorado (había otros hombres de confianza que acompañaban al jefe). Y durante todo ese tiempo debo haberme desdoblado. Yo era el infiltrado y me podía observar en tercera persona. Pero ahora yo había entrado en el laberinto de la casa y la oscuridad de los pasadizos me había ocultado de mi propia vista. Cerraba fuertemente los ojos e intentaba imaginar los rincones por los que yo, el infiltrado, me deslizaba. Abría puertas falsas, bajaba (o subía) escaleras invertidas, saltaba a través de ventanas que conducían a otros pasillos y me escondía debajo de los muebles para que los hombres armados no me descubriesen. Recuerdo que hacía un gran esfuerzo por imaginar la huida de ese hombre que era yo mismo, porque la oscuridad se hacía demasiado densa. Y en la negrura de mi sueño todo se convertía en una masa de cuerpos sin formas reconocibles, mis sensaciones me hacían pensar que pronto me atraparían y no lograría salir de ese mansión de la muerte.