Estaba deambulando por una ciudad ficticia. Las calles eran espaciosas y muy concurridas. Una especie de organillero (o eso creo que era) me había confiado, mientras iba de viaje a buscar mercancía, su carrito. Era un carrito moderno, a motor. Uno se podía subir y conducirlo como si fuera una especie de moto. Tenía cables y luces de colores, un megáfono y parlantes. Yo jugaba con los botones del tablero de mando y modificaba la configuración de la máquina. Pasaba poco más de un día y casi al anochecer el dueño del carro regresaba con un búho. Pensaba que se iba a molestar porque estuve intruseando los botones, pero no parecía darle importancia. Me agradecía el favor y me regalaba un par de bicicletas. Tomaba su carrimoto y se iba.
Después, una chica me robaba una bicicleta y la iba a esconder en una casa de su barrio. Yo me ponía a discutir con ella y le decía que era una delincuente. Ella llamaba a sus amigas y entonces yo me iba de ahí, porque no me sentía en condiciones de seguir reclamando lo que era mío.
Tomé la única bicicleta que tenía y me fui andando en ella hasta las calles del centro. La muchedumbre se apretujaba en la enorme plaza. De repente, entre la multitud, divisaba a un amigo mío. Lo seguía sin que se diera cuenta por las calles desbordadas de gente hasta un edificio amarillo. Tenía la impresión de que la ciudad estaba de fiesta, había un carnaval. Él parece que andaba en algo sospechoso o en problemas. Notaba que unos tipos venían siguiéndolo. Yo observaba todo desde una distancia poco segura. Casi me sentía implicado ya en la situación. Y entraba en el edificio. Era bastante estrecho. Antes de comenzar a subir las escaleras, veía que a mi amigo un poco más arriba lo habían interceptado y lo increpaban, lo empujaban contra la pared. Uno de los matones se percataba de mi presencia. Yo intentaba ocultarme detrás de la escalera junto al depósito de basura. Pero ya me habían visto. Dejaban a mi amigo y bajaban a buscarme a mí. Eran tres y luego cinco. Me agarraban del cuello con una soga y comenzaban a tironearme para llevarme al centro de la plaza y ahorcarme. Yo daba patadas desesperadamente e intentaba gritar. Pasaba gente por la escalera y veía cómo me estaban arrastrando. Yo pedía ayuda, pero la gente se mostraba indiferente. Esa iba a ser mi muerte. Imaginaba qué hubiera pasado si hubiera tenido la posibilidad de actuar. Si hubiera estado en el departamento, observando desde la ventana. Habría sabido que atacarían a mi amigo, tal vez no en la escalera. Tal vez lo habrían atrapado a la entrada del departamento, cuando intentara sacar las llaves de la puerta. Lo habrían empujado hacia adentro. Yo, habría estado en la habitación. Habría tomado un fierro para golpearlos por sorpresa. Me habría escabullido por la ventana de la pieza y habría saltado al balcón, habría ingresado por el ventanal que estaba abierto, y no me habrían visto porque la cortina me taparía. Sería el momento propicio de asestar el fierrazo en la cabeza del más distraído. Pero entonces volvía a la soga en mi cuello y a las manos que me empujaban. Me sacaban en medio de la multitud y en la plaza, ya de noche, habían prendido unos fuegos de sacrificio. Me pregunto en qué ciudad y en qué dimensión estaba.
