lunes, 18 de abril de 2022

18 de abril de 2022

Dos sueños extraños tuve hace algunos días. Ahora los escribo.

En el primero rescataba a un niño que había sido secuestrado por una tribu o una secta. Intentaba ocultarme en las casas de una aldea. Sentía mucha desesperación. Salí de ese sueño sin saber en qué acababa. Después de despertar, me pareció que ese sueño tenía cierta similitud con el cuento "El ojo Silva" de Roberto Bolaño. Salté al siguiente como si me lanzara a un pozo.

En el segundo sueño, fui transportado al comedor de mi casa. Estaba sentado tomando un desayuno. De repente el día avanzaba a una velocidad vertiginosa. Caía la tarde y ya no había luz en el espacio. Mi polola estaba sentada junto a mí. Ya no tomábamos desayuno sino once. Ella me traía regalos que yo no podía ver con claridad porque me envolvía una sombra. En un abrir y cerrar de ojos me transportaba a las calles de Valparaíso. Estaba en medio de una multitud a las afueras de la universidad y podía distinguir algunos viejos compañeros. Era de noche ya. Ellos se desvanecían o yo me quedaba atrás. La gente era tanta que llegué a sentir que no conocía a nadie. Ingresé al edificio de la universidad, pero por dentro era otro edificio. Subí por un ascensor hasta el tercer piso. Me dirigí a las oficinas. Pero no había oficinas. Había un taller de diseño de juegos de mesa. En la sala en la que me encontraba ahora había repisas con artículos de juegos, tableros antiquísimos, dados de hueso, fichas de madera y de piedras ancestrales. Una persona que parecía ser el director del equipo discutía con otro empleado porque al parecer unos dados estaban dañados. Yo los revisaba y constataba sus imperfecciones. Otra persona me llamaba la atención y me recalcaba que no me estaba permitido tocar esos objetos. Entonces me alejaba de allí para evitar conflictos. Revisaba mi celular, pero no tenía señal. Me sentía mal por estar allí y no en la casa con mi polola, que seguramente se había quedado sola. Pensaba en volver, pero ya era tarde. No sabía cómo había llegado hasta allí, si estaba hace un rato en mi casa. Quería regresar, pero ya no había locomoción. Eran más de las diez de la noche. Y unos instantes después eran las doce y cuarto. Sentí que el tiempo avanzaba a un ritmo frenético. Era una sensación absurda, porque mi cuerpo no se sentía liviano, sino más bien aletargado, como si una lenta pesadez cayera sobre mi cabeza y mis músculos. Me costaba moverme. Deseaba tenderme sobre una cama. Entonces aparecía un gordito con rulos de cara familiar y voz gangosa. Me abría la puerta de una habitación. Recogía algunas ropas que estaban desperdigadas por allí, se disculpaba por el desorden. Me ofrecía una cama y me decía que podía dormir allí para adelantar el tiempo. Al amanecer, cuando comenzaran a pasar los buses, podría irme a mi casa. Me envolvió un alivio porque no tendría que esperar afuera en el frío. Dormiría en una cama cómoda y abrigada. Sin embargo, me regresó la tristeza, porque mi polola me estaba esperando, y yo me encontraba atrapado en un edificio que era otro edificio distinto del que debía ser, con gente que me resultaba familiar y desconocida. Y las horas pasaban lentas cuando me acordaba de que existía el tiempo. Y si no pensaba en el tiempo, este se aceleraba. No me quedaba más remedio que dejarme llevar por la situación. Me tendí sobre la cama. Cerré los ojos y desperté.