Otro sueño inquietante que me aconteció fue el de hace unas semanas. No lo escribí porque me sentía mal. Ya no recuerdo mucho, pero una escena me presentaba un barco blanco, como una especie de yate. Adentro de uno de los camarotes estaba encerrado un antiguo aventurero, cazador de tesoros o recompensas. Lo habían capturado porque lo necesitaban para una investigación. Yo estaba con él. En una escena paralela la esposa de este hombre se encontraba lejos del barco, en su casa, hablando por teléfono con el secuestrador. La conversación era extraña. No me quedaba claro si ella le suplicaba al hombre malo que liberara a su esposo o era ella la que le había pedido que lo secuestrara para refrenar su impulso aventurero, porque ella temía que se embarcara en un viaje suicida. La aventura debía ser muy peligrosa. Al hombre le traían un teléfono y hablaba con su mujer. El hombre estaba enojado por el trato indigno que le daban los secuestradores. Ella le rogaba que fuera paciente, que pronto todo se iba a solucionar. Yo alcancé a comprender, además, que los secuestradores eran o habían sido viejos compañeros del hombre. El cautiverio se acababa pronto, porque, inesperadamente, alguien colocaba unos explosivos en la compuerta sellada de nuestra habitación. La tripulación se desconcertaba por el estallido, mientras nosotros aprovechábamos para escapar en medio de la confusión. Corríamos por la cubierta y cuando nos interceptaron, nos fuimos hasta la barandilla de la proa. Milagrosamente ninguna bala nos alcanzó. Saltamos al mar. Abajo nos esperaban los botes de rescate. Navegamos hasta el archipiélago. Allí veía las construcciones antiguas de una civilización perdida que asomaban entre los bosques de las islas. Atracamos en una isla cuya playa conducía hasta un puente. Cuando me acerqué para cruzarlo, desperté dentro del sueño a otro sueño. Esta vez estaba acostado en mi cama y me daba una parálisis del sueño. En mis alucinaciones hipnopómpicas aparecían criaturas sobrenaturales como el peluche del pez azul o el cocodrilo Cirilo, juguetes de mi infancia que cobraron vida. Mi gata apareció por encima de la cama, se daba vueltas por entre las almohadas y de pronto se fue vomitando. Yo intentaba llamar a mi hermana que estaba en mi casa durmiendo. Tenía la sensación de que mi departamento sufría transformaciones espaciales. Gritaba pero nadie venía. Entonces solo me quedé contemplando el pasado a través de las cosas que iban apareciendo en mis recuerdos y finalmente desperté.
