Nuevamente estoy aquí. Sentí una necesidad, un impulso de escribir, pero no sé de qué. Solo pensé: a través de la escritura puedo explicarme el mundo y la vida. Pero creo que ni el mundo ni la vida pueden explicarse. La vida, porque es un misterio y una maravilla. El mundo, porque no es uno solo. Quiero decir que sé que hay varios mundos. En cierta medida estamos atados a vivir en el mundo cotidiano, pero yo sé que hay más mundos. Mundos que se abren cuando tomamos la determinación de movernos un poco más allá de nuestros límites. En el fondo, me he confinado en cierta forma de existencia rutinaria y eso era lo que me estaba sofocando. Ahora me he atrevido a tomar pequeños desvíos, a respirar otros aires. Uno descubre mundos en otras personas, en otros lugares. Incluso, la realidad se transforma radicalmente cuando nos sumergimos en otros lenguajes, otras formas de interactuar. Podemos habitar en distintos mundos cuando prescindimos de los prejuicios. Yo sentí que el simple gesto de viajar implicaba remover un poco las propias entrañas. La respiración es el puente entre el mundo exterior y nuestra mente. Cuando se toma conciencia de eso, se percibe que todo es multiplicidad, expansión, cambio. Los mundos que nos rodean están permanentemente ejecutando su danza transformadora. Nada es siempre lo mismo. Respirar es absorber un torbellino de imágenes y formas, sensaciones y colores, un tumulto de energía y vibraciones que conforman esa trama inconmensurable que conocemos como el universo. Entonces siento que puedo abrazar el absoluto con todas las partículas que me componen, y fundirme en ese éxtasis paradisiaco, difuminando los límites de la conciencia y el cuerpo, el trazo imaginario que separa lo uno de lo indiferenciado. Estoy yendo demasiado lejos. Solo estaba divagando.
El sueño que tuve el otro día reflejaba la necesidad de buscar nuevas conexiones. Quizá hay en alguna parte nuevos amigos y amigas que me comprendan, que estén dispuestos a escucharme, como yo escucho a los demás. A mí no me importa estar disponible para quienes lo necesitan. Siempre tengo esa voluntad. También me cuestionaba si era así por una necesidad de validación. Hoy entendí que no. Que soy así porque es parte de mi naturaleza sensible y que no hay nada de malo en ser así. La cicatriz de mi rostro simbolizaba la vergüenza quizás, pero también pensé que era la marca visible de una herida emocional. Algo que simplemente se trasluce en mi cara. Una metáfora de la pena que se oculta infructuosamente. La única manera de reparar el daño era a través del contacto con otros. Me estoy quedando dormido. Otro día continuaré.
