lunes, 27 de diciembre de 2021

27 de diciembre de 2021

Ha surgido un nuevo sueño. No es una pesadilla. No hay persecución ni desdoblamientos. Esta vez me encuentro paseando por las calles de mi barrio. Converso con alguien que no consigo reconocer, pero debe ser alguien cercano, porque le hablo con naturalidad de cosas personales. Esta persona me entrega una fotografía. En ella se observa a un ex compañero de colegio sentado sobre la banca de la placita que hay en el condominio. Él debe tener entre 10 y 12. Era el día de mi cumpleaños. Lo sé porque ese fue el único día que ese chico vino a mi casa, aunque no puedo recordar cuántos años cumplía. Él está sonriendo. No vino para celebrarme, vino para bañarse en la piscina, pero no me importa. No recuerdo que nadie tomara esa foto. Me preocupa por qué esta foto ha aparecido de manera inexplicable. ¿Por qué me la ha entregado esta persona que pasea a mi lado sin decirme qué significa? Algo inquietante hay en esa foto. Y lo descubro cuando miro el fondo que hay detrás. Lo importante no es lo que está en primer plano, sino el fondo de la escena. Puedo ver que hay una casa que nunca estuvo en el condominio. Es una casa diferente. Está hecha de paredes de piedra. Taladro esa imagen con mis ojos todo lo que puedo y descubro que las ventanas están rotas. Es una casa triste y abandonada. Se parece a la casa ideal que yo imaginaba en mi infancia, cuando quería ser arquitecto. Yo construiría mi propia casa de piedra junto a una calle arbolada de un pueblo tranquilo. Pero esta casa de la foto no es mi casa soñada. La mía era luminosa y feliz. En la casa de la foto solo se concentra la melancolía. Ahora recuerdo que es la casa de unos vecinos. Ellos tenían una hija que no podía hablar. Y vivieron en esa casa tan solo unos meses. Después se fueron y no supe más de ellos. Pero mi cerebro empieza a procesar la información de mis recuerdos y me revela que estos vecinos realmente no se fueron, porque nunca vivieron allí, de manera que no pudieron irse de un lugar donde no estuvieron. Eran personas imaginarias. Ilusiones creadas por mi mente. Y un día simplemente dejé de imaginar su existencia. La casa tampoco existió nunca. Era una casa fantasma. Una casa prohibida. Pero aquí surge lo asombroso. Cuando éramos niños podíamos verla como si fuese real. Y cuando sus habitantes se hicieron humo, algunos seguimos visitando sus jardines y nos acercábamos a las ventanas para entrar. Algunos niños sí entraron y contaron lo que vieron. Otros fantasmas ocuparon la casa. Yo nunca me atreví a entrar. Había duendes y guardianes malignos y por las tardes se dibujaba con sangre en las paredes el rostro de Jesucristo. Pensaba que si me metía a la casa saldría con estigmas. Esta casa se acoplaba entre medio de dos casas y expandía el largo de la calle. Nadie podía percibir esta deformación del espacio tiempo. A veces la casa estaba allí; a veces no estaba, y la calle se hacía más corta. Estas cosas yo las recordaba. No me las contaba nadie, ni ocurrían en el sueño. Yo las sabía porque ya habían ocurrido. Este era uno de esos sueños agotadores en el que uno posee muchos conocimientos de cosas que jamás ha sabido en la vida real, de cosas que jamás ocurrieron. Pero el cerebro nos ha inventado toda una vida, todo un pasado. Y yo recuerdo mi pasado soñado a través de la vieja casa triste de una fotografía. De modo que esta casa era una anomalía cuántica o se relacionaba con fenómenos parapsícológicos. Sin embargo, hay cierta incongruencia en la lógica de este sueño, porque, según mis recuerdos, la casa se volvía visible a partir de las 6 o 7 de la tarde, cuando comenzaba a ocultarse el sol. Y la foto parece haber sido tomada a las 3 de la tarde, o eso se deduce por la iluminación. El caso es que pudimos ver esa casa de niños, pero al crecer perdimos esa facultad.

Ahora tengo la edad que tengo en la realidad. Las incongruencias del sueño no me importan porque lo que yo quiero es demostrar que esa casa es real, que no la imaginé y que otros también la vieron. Investigo mucho para encontrar un método que me permita ver la casa otra vez. Compro unos aparatos que captan fenómenos cuánticos, que registran anomalías magnéticas. Estudio su funcionamiento, me preparo para la aventura. Empiezo a llamar por teléfono a mis viejos amigos. Les cuento mi proyecto y los invito a participar. Les pido que vengan a verme para trabajar en este misterio.

Me paso toda la tarde tomando notas. Nadie llega. Vuelvo a insistir, pero nadie responde a mis llamadas. Compré todos los implementos y ¿para qué? Nadie me va a acompañar en esta búsqueda. Estoy solo. Siento ganas de llorar.